jueves, 9 de abril de 2020

El puritanismo respecto el cine para adultos

El puritanismo respecto el cine para adultos

Besamos una época consumista donde todo se gasta, aunque todo dé la Idea de renovarse. La fugacidad y el cambio de modas, gustos, creencias y valores asignados es desconcertante. De la misma manera que el cine catastrofista se un éxito realmente curioso a nivel sociológico, ahora la gente hace cola en los cines atraída precisamente por la advertencia de que su película es de porno subtitulado en español y puede ser vista por los asistentes que no sepan inglés. La famosa letra «S» parece haberse convertido en una consonante millonaria. De golpe y porrazo, con ese tremendismo tan nuestro, hemos, pasado a ser cinematográficamente hablando el pueblo más «sensible» de Europa.



Como sabe, la clasificación “S” debe insertarse obligatoriamente en la publicidad, así como en el primer fotograma de la película proyectada, ¡qué ingenuidad! ¿Acaso suponen sus inventores que el espectador está sentado en la butaca Ignorando que la película que van a proyectarle puede dejar maltrecha su «sensibilidad»?. Más que un requisito legal la «S» de marras ha devenido en excelente reclamo publicitario. Y barato, mientras no se restrinja como está previsto  la exhibición de filmes «porno» a salas especiales, limitadas en número y aforo, amén de fuertes cargas fiscales.

El alud de cine «porno» era previsible. Sociológicamente tiene su explicación, no en vano padecimos en este país una tutela que nos condenaba a la minoría de edad política y cultural. Pero hay quien pretende equiparar pornografía con libertad. Como si el nivel democrático de un país tuviera que medirse por el número de  «Emmanuellés» y en el nuestro, ya van cinco que se proyectan en sus cines. Quienes sustenta esa actitud tan «progre» olvidan que el cine xxx es un negoció básicamente masculino, que utiliza a la mujer, nuevamente víctima de la Historia con fines lucrativos. Más que un nivel de libertad, lo que denota el índice de pornografía es el grado de machismo de la sociedad donde se desarrolla.



Para establecer hipótesis acerca de la evolución y tiempo de vida de una fiebre «porno» que ahora recurre incluso al señuelo de los filmes nórdicos —nuestra mentalidad pueblerina asocia automáticamente la película nórdica como el no va más en pornografía—, nada mejor que conocer experiencias ajenas, concrétamente el ejemplo francés. En 1975 prácticamente el 50 por ciento de las películas estrenadas en Francia pertenecían al género- pornográfico, en sus variante suave («softcore») y fuerte («hardcore»). Francia —todo hay que decirlo— consiguió ese mismo año que «Emmanuellé» contabilizara ¡cien millones de espectadores! en todo el mundo (ahora faltan por sumar los españoles que entonces no la vieron en Perpiñán), con lo cual Sylvia Kristel aventaja sin duda los ingresos en divisas conseguidos por Erigirte Bardot en su época dorada.

Pese a los intentos por integrarlo culturalmente y darle un barniz de «qualitó» al «pomo» suave, en 1976 las estadísticas ya señalaban que sólo un seis por ciento de espectadores frecuentaban en el vecino país las salas especializadas en películas «porno». Al propio tiempo, las cargas fiscales obligaron a rebajar los costes de producción. La economía en los rodajes provocó casos tan pintorescos como el de la señorita Claudine Beccaria —famosa estrella del cine «porno»^—, quien denunció la existencia de unas «nalgas ajenas» en diversos planos de un filme suyo estrenado comercialmente. «Yo tías tengo bronceadas y en 'la película salen rosa», argumentó dicha señorita. Ignoro si el asunto cayó en manos de abogados. La verdad es qué a uno le cuesta trabajo imaginarse a un tribunal dilucidando si las nalgas que aparecen en la película pertenecen o no a la señorita Beccaria.

 Tal como se están poniendo las cosas en nuestra cartelera, no sería nada extraño que pronto tuviéramos que ir de nuevo a Perpiñán. Para poder ver películas, serias, claro, porque aquí 'la dichosa «S» se nos va a indigestar.